El cambio climático es una realidad inminente que nos confronta con la responsabilidad de actuar. Sin embargo, la conducta humana, tanto individual como colectiva, presenta obstáculos para abordar este desafío de manera efectiva.
Existen numerosos estudios que analizan las acciones individuales frente al cambio climático. Algunos de ellos revelan que, si bien las personas reconocen la gravedad del problema, a menudo no adoptan medidas significativas para reducir su impacto personal por diversas circunstancias.
Una de las razones que explican esta inacción es el «razonamiento motivado», un mecanismo psicológico que nos lleva a interpretar la información de forma que confirme nuestras creencias preexistentes (Zimmermann, economista de la Universidad de Bonn). En el caso del cambio climático, esto puede traducirse en negar la gravedad del problema o minimizar la responsabilidad individual.
La historia del Dodo, un ave extinta debido a la acción humana, ilustra las consecuencias nefastas de la irresponsabilidad individual. La desaparición de esta especie nos recuerda el impacto irreversible que podemos tener sobre el medio ambiente. Y luego los esfuerzos por resucitar especies extinguidas, como el Dodo mediante ingeniería genética, son costosos y de éxito bastante incierto. Esto nos recuerda la importancia de actuar a tiempo para prevenir este tipo de tragedias.
La reciente crisis del Covid-19 ha demostrado que, frente a un riesgo específico, los gobiernos y las organizaciones internacionales pueden tomar medidas contundentes. Si bien la eficacia de estas medidas ha variado de país en país, la lección es clara: la acción concertada es posible cuando existe una amenaza evidente… pero ¿Es necesario llegar a la tragedia para encontrar un motivo efectivo en nuestra forma de actuar?
De momento muchos estudios impulsan la toma de conciencia y la educación ambiental desde una perspectiva moral apelando a las acciones individuales evocando los riesgos trágicos de no emprender acciones. Esta misma lógica se aplica al ámbito del ciudadano medio: los municipios y las organizaciones barriales advierten en la toma de conciencia y la educación ambiental.
Concretamente estas acciones son necesarias pero insuficientes para movilizar las voluntades individuales con profundidad.
Las acciones de gobiernos y organizaciones internacionales, como la implementación de políticas ambientales y la promoción de tecnologías sostenibles, son esenciales para abordar ese cambio de conducta que implique transformaciones a gran escala. A pesar de lo doloroso que resultaron los efectos de la pandemia se ve clarísimo la disposición que propusieron los estados para resolver esas circunstancias.
La herramienta que tienen los gobiernos (municipios, provincias, estados, regiones, etc) para lograr el cambio transformador ha sido históricamente los impuestos. La historia humana se ha movido en función de esas imposiciones forzosas. El paradigma que impone la organización humana es que hacer las cosas bien tiene un costo, y hacerlas por fuera de la norma es oneroso.
El cambio climático es un desafío que exige un cambio en la conducta humana, tanto individual como colectiva. El caso del Dodo y del Covid-19 son extremos y parecen aislados, pero son bien representativos, y dan idea de las palancas que se deben mover para que esos cambios de conductas se produzcan. Las herramientas son bien conocidas por los humanos: normas y aplicación de normas (impuestos, tasas, multas, etc)



